"Esta es la vida que elegimos. Y una cosa está clara, ninguno veremos el cielo". Paul Newman en Camino a la Perdición
Enfrascados como estamos en una vorágine de cifras macroeconómicas que pintan oscuro el futuro de "nuestras" economías (las comillas simplemente resaltan mi perplejidad ante la tragicomicidad de la expresión), nos asalta desde EEUU la terrible noticia de la muerte de Paul Newman. El funesto óbito ocupa hoy un lugar en las primeras páginas de los principales diarios, entre el desplome de las finanzas mundiales y la violencia explícita de las imágenes tomadas ayer durante el derbi de la Ciudad Condal. La subida de la inflación, el descontrol del Euribor, la caída del Producto Interior Bruto, sucesos apocalípticos con los que nos deslumbran "nuestros políticos" y "nuestros banqueros" día a día y que prevén cercano el cataclismo de la economía mundial (la de los países occidentales, por supuesto, porque la del Tercer Mundo hace tiempo que está en crisis), se entremezclan con el adiós a uno de los actores más grandes de todos los tiempos. Uno no puede evitar que afloren lágrimas en sus ojos al leer algunos de los comentarios elogiosos que le dedican periodistas, articulistas y amigos en el día de hoy. Pero de todas las declaraciones públicas (es previsible que las privadas se teñirán de más emoción, si cabe), me quedo con la de Daniel Craig, que trabajó con el actor en la última de sus obras maestras, Camino a la perdición: "Creo que [con su muerte] ha terminado una era".
Cuando algo maravilloso toca a su fin, el sentimiento que nos causa casi siempre es desazón, de añoranza a lo perdido, a lo olvidado, a aquello que ya no encuentra su lugar en este mundo. Nos quedan retazos, recuerdos, momentos vividos que no dejan de ser imágenes que nos sacuden a lo largo de nuestra vida. Y puede que al rememorarlos atisbemos una sonrisa, pero siempre asomará la sombra de la nostalgia. El adiós de Paul Newman supone el entierro de toda una generación de actores y actrices, pero también la defunción del cine clásico, aquel que hacía soñar, reír o llorar. Uno a uno se han ido "retirando" ("morir" es una palabra demasiado punzante para reiterarla constantemente) todos y todas aquellos y aquellas que, con sus interpretaciones (además de directores, guionistas…) formaron "el escenario de las ilusiones" que era el cine (no sólo Hollywood). Humphrey Bogart, Cary Grant, Marlon Brando, Montgomery Clift, Clark Gable, Rita Hayworth, Katharine Hepburn, Billy Wilder, Hitchcock y muchos más que injustamente no nombro ya forman parte del olimpo de los Dioses, un lugar reservado sólo para los más grandes.
Aquel que lea este texto puede pensar que simplemente sigo la costumbre de encumbrar gratuitamente a los recién fallecidos reconocidos universalmente. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Paul Newman lo merece realmente y yo no soy una persona que regale "piropos" a diestro y siniestro. Muchos diarios ya tenían lista la necrológica al saberse que, en agosto, Newman abandonó el hospital donde se sometía a un tratamiento para combatir el cáncer de pulmón que padecía y que finalmente le ha vencido. Mis palabras no estaban pensadas de antemano, brotan a medida que escribo guiadas por los sentimientos de un chico de 25 años que hace 12 más o menos descubrió la esencia del cine. A los 13, cuando muchos jóvenes descubren secretos y placeres ocultos, yo encontré el mío escondido en unas polvorientas estanterías del comedor de mi casa. Nunca me había fijado, puesto que mi atención se centraba siempre en las películas de Disney. Pero fue a los 13 años cuando descubrí que el cine era mucho más que El Rey León (sin desmerecerlo, por supuesto) y mucho más, muchísimo más, que Leonardo Di Caprio intentando escapar del Titanic. Hallé un tesoro incalculable: una colección de películas de cine clásico, de todas las épocas, los cuarenta, los cincuenta y los sesenta, que mi padre se había dedicado a grabar en un antiguo reproductor y grabador VHS cuando los canales de televisión todavía apostaban por programar un filme de calidad los sábados por la noche antes que producir y emitir un programa basura. Antes no existía Salsa Rosa y sus sucedáneos, afortunadamente.
El hallazgo me abrió los ojos y me situó a las puertas de un universo inconmensurable. Descubrí películas que me impactaron especialmente (Esplendor en la hierba, de Elia Kazan; La Naranja Mecánica y La Chaqueta Metálica, de Stanley Kubrick), filmes que me emocionaron (Que Bello es Vivir, Casablanca, Lo que el Viento se llevó, De aquí a la eternidad) y obras con las que me desternillé, en algunos casos amargamente (Una noche en la opera, Con faldas y a lo loco, Uno, Dos, Tres). Consumía tardes, fines de semana y veranos apostado frente al televisor, ampliando mi repertorio cinéfilo y cinematográfico. Incluso cuando el viejo VHS dijo basta, les pedí a mis padres que adquirieran uno nuevo cuando lo que ya estaba en boga era el DVD. No era ludismo, simplemente una tendencia irresistible hacia el cine añejo de cinco estrellas. No podía permitir que esas cintas VHS pasaran a engrosar cajas de cartón que acaban abandonadas en viejos trasteros y que luego nadie recupera. No podía perder esos sueños filmados por un padre que luego los legó a un hijo. Simplemente, quería evitar que esas películas quedasen desterradas. Era pura resistencia al transcurso del tiempo, al progreso (o retroceso, visto el cine de hoy en día).
Esos años de cine me marcaron tanto que las paredes de la habitación que sigo conservando en casa de mis padres están adornadas con pósters de cine clásico (Gilda, Casablanca, Con Faldas y a lo loco y El Chico), compartiendo espacio, por supuesto, con una imagen de Bruce de la época Born in the USA. Esas cintas incluso me permitieron situar a Billy Wilder como mi director de cine favorito, un ídolo nada común para un adolescente, coincidiremos. Y en esos inolvidables días también encontró su acomodo Paul Newman, como no podía ser de otra manera. El Golpe fue la primera película suya que vi. Le siguieron Dos hombres y un destino, Al caer el sol, La gata sobre el tejado de zinc…
La inconfundible melodía de El Golpe, el personaje abocado a la autodestrucción en El Buscavidas, el abogado borracho que interpreta en Veredicto Final o el papel de despiadado gangster de Camino a la perdición que decide anteponer la salvaguarda de los lazos familiares sobre la estima personal configuran los recuerdos que atesoro del actor de Ohio.
La vida sigue y el mundo del cine, afortunadamente, todavía cuenta con una mínima expresión de creatividad y con actores y actrices que constituyen una contada excepción. Pero esto no disminuye la sensación de perdida que sentimos con la muerte de Paul Newman y de todos los que le precedieron. Repito, esta crónica no sólo lamenta la desaparición de Newman, sino el punto y final de toda una generación. Desgraciadamente, es cierto: una era toca a su fin.
Ahora estamos viviendo otra era, atemorizados por las sacudidas de la economía, preocupados por banalidades varias y absorbidos por una atmósfera agobiante. Vivimos con celeridad, sin degustar los días, olvidando rápidamente, perdiéndonos sensaciones y emociones. Vivimos al límite, como un piloto en una carrera NASCAR, aquellas que tanto apasionaban a Newman. Nos apostamos a las puertas de El Corte Inglés en tiempos de rebajas, hacemos cola horas y horas para adquirir un iPhone, intentamos aparentar que somos cool y vamos a la moda. Ansiamos todo, pero la verdad es que no tenemos nada. Es cierto que hoy en día nuestro nivel de vida nos abre un abanico de posibilidades que 30 años atrás estaban vedadas. Pero es precisamente esta libertad la que nos impide contentarnos con lo que tenemos. Y lo que tenemos no lo disfrutamos. Somos incapaces de vivir con sencillez para que otros, simplemente, puedan vivir.
La avaricia, la codicia y la ambición nos han situado cerca del abismo. De hecho, la situación económica global no es más que una suma de factores que tienen como causa fundamental y originaria una tendencia irrefrenable a la delectación e insatisfacción más absoluta. Al mismo tiempo que algunos individuos buscan soluciones a un sistema capitalista que creían perfecto, otros perseguimos lustrar de nuevo nuestros sueños en un mundo poco proclive al romanticismo y al heroísmo. Para mí, Paul Newman formó parte de un sueño en un tiempo pretérito. Él y muchos más contribuyeron a endulzar mi adolescencia. El poder de los sueños. Por eso le deseo una gran estancia en el paraíso. Rest in Peace…





