domingo 28 de septiembre de 2008

Duelo en tiempos de crisis


"Esta es la vida que elegimos. Y una cosa está clara, ninguno veremos el cielo". Paul Newman en Camino a la Perdición

Enfrascados como estamos en una vorágine de cifras macroeconómicas que pintan oscuro el futuro de "nuestras" economías (las comillas simplemente resaltan mi perplejidad ante la tragicomicidad de la expresión), nos asalta desde EEUU la terrible noticia de la muerte de Paul Newman. El funesto óbito ocupa hoy un lugar en las primeras páginas de los principales diarios, entre el desplome de las finanzas mundiales y la violencia explícita de las imágenes tomadas ayer durante el derbi de la Ciudad Condal. La subida de la inflación, el descontrol del Euribor, la caída del Producto Interior Bruto, sucesos apocalípticos con los que nos deslumbran "nuestros políticos" y "nuestros banqueros" día a día y que prevén cercano el cataclismo de la economía mundial (la de los países occidentales, por supuesto, porque la del Tercer Mundo hace tiempo que está en crisis), se entremezclan con el adiós a uno de los actores más grandes de todos los tiempos. Uno no puede evitar que afloren lágrimas en sus ojos al leer algunos de los comentarios elogiosos que le dedican periodistas, articulistas y amigos en el día de hoy. Pero de todas las declaraciones públicas (es previsible que las privadas se teñirán de más emoción, si cabe), me quedo con la de Daniel Craig, que trabajó con el actor en la última de sus obras maestras, Camino a la perdición: "Creo que [con su muerte] ha terminado una era".

Cuando algo maravilloso toca a su fin, el sentimiento que nos causa casi siempre es desazón, de añoranza a lo perdido, a lo olvidado, a aquello que ya no encuentra su lugar en este mundo. Nos quedan retazos, recuerdos, momentos vividos que no dejan de ser imágenes que nos sacuden a lo largo de nuestra vida. Y puede que al rememorarlos atisbemos una sonrisa, pero siempre asomará la sombra de la nostalgia. El adiós de Paul Newman supone el entierro de toda una generación de actores y actrices, pero también la defunción del cine clásico, aquel que hacía soñar, reír o llorar. Uno a uno se han ido "retirando" ("morir" es una palabra demasiado punzante para reiterarla constantemente) todos y todas aquellos y aquellas que, con sus interpretaciones (además de directores, guionistas…) formaron "el escenario de las ilusiones" que era el cine (no sólo Hollywood). Humphrey Bogart, Cary Grant, Marlon Brando, Montgomery Clift, Clark Gable, Rita Hayworth, Katharine Hepburn, Billy Wilder, Hitchcock y muchos más que injustamente no nombro ya forman parte del olimpo de los Dioses, un lugar reservado sólo para los más grandes.

Aquel que lea este texto puede pensar que simplemente sigo la costumbre de encumbrar gratuitamente a los recién fallecidos reconocidos universalmente. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Paul Newman lo merece realmente y yo no soy una persona que regale "piropos" a diestro y siniestro. Muchos diarios ya tenían lista la necrológica al saberse que, en agosto, Newman abandonó el hospital donde se sometía a un tratamiento para combatir el cáncer de pulmón que padecía y que finalmente le ha vencido. Mis palabras no estaban pensadas de antemano, brotan a medida que escribo guiadas por los sentimientos de un chico de 25 años que hace 12 más o menos descubrió la esencia del cine. A los 13, cuando muchos jóvenes descubren secretos y placeres ocultos, yo encontré el mío escondido en unas polvorientas estanterías del comedor de mi casa. Nunca me había fijado, puesto que mi atención se centraba siempre en las películas de Disney. Pero fue a los 13 años cuando descubrí que el cine era mucho más que El Rey León (sin desmerecerlo, por supuesto) y mucho más, muchísimo más, que Leonardo Di Caprio intentando escapar del Titanic. Hallé un tesoro incalculable: una colección de películas de cine clásico, de todas las épocas, los cuarenta, los cincuenta y los sesenta, que mi padre se había dedicado a grabar en un antiguo reproductor y grabador VHS cuando los canales de televisión todavía apostaban por programar un filme de calidad los sábados por la noche antes que producir y emitir un programa basura. Antes no existía Salsa Rosa y sus sucedáneos, afortunadamente.

El hallazgo me abrió los ojos y me situó a las puertas de un universo inconmensurable. Descubrí películas que me impactaron especialmente (Esplendor en la hierba, de Elia Kazan; La Naranja Mecánica y La Chaqueta Metálica, de Stanley Kubrick), filmes que me emocionaron (Que Bello es Vivir, Casablanca, Lo que el Viento se llevó, De aquí a la eternidad) y obras con las que me desternillé, en algunos casos amargamente (Una noche en la opera, Con faldas y a lo loco, Uno, Dos, Tres). Consumía tardes, fines de semana y veranos apostado frente al televisor, ampliando mi repertorio cinéfilo y cinematográfico. Incluso cuando el viejo VHS dijo basta, les pedí a mis padres que adquirieran uno nuevo cuando lo que ya estaba en boga era el DVD. No era ludismo, simplemente una tendencia irresistible hacia el cine añejo de cinco estrellas. No podía permitir que esas cintas VHS pasaran a engrosar cajas de cartón que acaban abandonadas en viejos trasteros y que luego nadie recupera. No podía perder esos sueños filmados por un padre que luego los legó a un hijo. Simplemente, quería evitar que esas películas quedasen desterradas. Era pura resistencia al transcurso del tiempo, al progreso (o retroceso, visto el cine de hoy en día).

Esos años de cine me marcaron tanto que las paredes de la habitación que sigo conservando en casa de mis padres están adornadas con pósters de cine clásico (Gilda, Casablanca, Con Faldas y a lo loco y El Chico), compartiendo espacio, por supuesto, con una imagen de Bruce de la época Born in the USA. Esas cintas incluso me permitieron situar a Billy Wilder como mi director de cine favorito, un ídolo nada común para un adolescente, coincidiremos. Y en esos inolvidables días también encontró su acomodo Paul Newman, como no podía ser de otra manera. El Golpe fue la primera película suya que vi. Le siguieron Dos hombres y un destino, Al caer el sol, La gata sobre el tejado de zinc

La inconfundible melodía de El Golpe, el personaje abocado a la autodestrucción en El Buscavidas, el abogado borracho que interpreta en Veredicto Final o el papel de despiadado gangster de Camino a la perdición que decide anteponer la salvaguarda de los lazos familiares sobre la estima personal configuran los recuerdos que atesoro del actor de Ohio.

La vida sigue y el mundo del cine, afortunadamente, todavía cuenta con una mínima expresión de creatividad y con actores y actrices que constituyen una contada excepción. Pero esto no disminuye la sensación de perdida que sentimos con la muerte de Paul Newman y de todos los que le precedieron. Repito, esta crónica no sólo lamenta la desaparición de Newman, sino el punto y final de toda una generación. Desgraciadamente, es cierto: una era toca a su fin.

Ahora estamos viviendo otra era, atemorizados por las sacudidas de la economía, preocupados por banalidades varias y absorbidos por una atmósfera agobiante. Vivimos con celeridad, sin degustar los días, olvidando rápidamente, perdiéndonos sensaciones y emociones. Vivimos al límite, como un piloto en una carrera NASCAR, aquellas que tanto apasionaban a Newman. Nos apostamos a las puertas de El Corte Inglés en tiempos de rebajas, hacemos cola horas y horas para adquirir un iPhone, intentamos aparentar que somos cool y vamos a la moda. Ansiamos todo, pero la verdad es que no tenemos nada. Es cierto que hoy en día nuestro nivel de vida nos abre un abanico de posibilidades que 30 años atrás estaban vedadas. Pero es precisamente esta libertad la que nos impide contentarnos con lo que tenemos. Y lo que tenemos no lo disfrutamos. Somos incapaces de vivir con sencillez para que otros, simplemente, puedan vivir.

La avaricia, la codicia y la ambición nos han situado cerca del abismo. De hecho, la situación económica global no es más que una suma de factores que tienen como causa fundamental y originaria una tendencia irrefrenable a la delectación e insatisfacción más absoluta. Al mismo tiempo que algunos individuos buscan soluciones a un sistema capitalista que creían perfecto, otros perseguimos lustrar de nuevo nuestros sueños en un mundo poco proclive al romanticismo y al heroísmo. Para mí, Paul Newman formó parte de un sueño en un tiempo pretérito. Él y muchos más contribuyeron a endulzar mi adolescencia. El poder de los sueños. Por eso le deseo una gran estancia en el paraíso. Rest in Peace



sábado 16 de agosto de 2008

Straight into our hearts


Barcelona, 19 y 20 de julio del 2008.- Apoteósico, excepcional, vibrante, emocionante… Hace tiempo que Bruce Springsteen agotó todos los adjetivos que podían adjudicársele. Hace tiempo que Bruce Springsteen conquistó el corazón de Barcelona y de los miles de fans españoles que asisten a todos sus conciertos en la Ciudad Condal. Este año, el Magic Tour brindaba una doble cita en un majestuoso escenario, el Nou Camp, un estadio Cinco Estrellas que, durante los dos últimos años, sólo ha sido un sumidero de llanto y desesperación por culpa de las desventuras del Barça, pero que se había preparado a conciencia para vivir un auténtico éxtasis.

Y, sin duda, lo fue. Ambos conciertos deben comprenderse como una unidad, como una continuación, como una función única de más de seis horas, a pesar de que algunos números se repitieron. La primera noche fue para los primerizos, para aquellos que asistían por primera vez a un concierto de Bruce Springsteen. Era el momento de unirse a la hermandad y de familiarizarse con las canciones más conocidas del genio de Nueva Jersey. Quizás consciente de esa circunstancia, Bruce encabezó el setlist de su primera noche en Barcelona con No Surrender, el eterno himno que preconiza un optimismo irreductible y una resistencia numantina. Las pocas novedades respecto a la apertura en San Sebastián sugerían que no iba a ser una noche para desempolvar viejas joyas. No obstante, tampoco hizo falta para levantar los ánimos del respetable, que cantaba cada canción con un entusiasmo y una intensidad que ya querrían otros públicos europeos, más pasivos en los conciertos del Boss.

Uno de los momentos culminantes de la noche llegó con Hungry Heart. Escuchar a más de 70.000 personas cantar al unísono (a veces con más fortuna que otras) ayuda a comprender la magnificencia del fenómeno Springsteen. Al igual que hizo en San Sebastián, la batería de Summertime Blues sirvió para recoger las peticiones de los fans. Tras esta canción de Cochran, Brilliant Disguise aporto el acento romántico a la velada, con Bruce y Patti regalándose arrumacos y cantando a dúo. A continuación, la armónica de Bruce adivinó los primeros compases de The River, una de las mejores composiciones de Bruce, la triste historia de una pareja de enamorados que se desintegra por un cúmulo desgraciado de circunstancias. La desgracia también atiza a los protagonistas de Atlantic City y de Candy’s Room, víctimas de un futuro incierto y miserable, condenados a las tinieblas de la condición humana.

La bruma empezó a disiparse con uno de los regalos de la noche, Janey don’t you lose heart, uno de los maravillosos outtakes de Born in the USA. Backstreets, otra de las joyas tocadas, constituye una auténtica epopeya de la amistad juvenil, otra de las obras maestras del Born to Run. Una tras otra fueron cayendo canciones y así se llegó a los bises, muy generosos. La fantástica Jungleland nos sitúo en los callejones ardientes de cualquier noche de verano en cualquier ciudad de Jersey, Born to run nos hizo vibrar con su huida hacia delante, Bobby Jean nos emocionó, Glory Days, Dancing in the dark y American Land pusieron la nota festiva. Y, por último, el Twist and Shout unido a La Bamba nos trasladó veinte años atrás, a los maratónicos conciertos de la gira Tunnel of Love, cuando Bruce enlazaba ambas canciones.

Si bien en el concierto del primer día Bruce se limitó a no correr riesgos con el setlist y aun así triunfó, en el segundo abrió el tarro de las esencias, rescató viejas joyas del baúl del tesoro y volvió a triunfar. Spirit in the Night, que recuerda tanto al gran Danny Federicci, fue uno de los primeros regalos. Do you feel the spirit?, aullaba el Boss. Como para no sentirlo, Bruce. El espíritu de la redención, de la felicidad, de la fe, del compañerismo, de la amistad, de la fuerza, de la vida. Ese espíritu se captura en tus conciertos, Bruce.

Light of day fue otra de las sorpresas de la noche, juntamente con This Hard Land y Youngstown. Tres maravillosas interpretaciones para una noche épica. Murder Incorporated, otro de los outtakes de Born in the USA pero regrabada en 1995 con motivo de las sesiones del disco Greatest Hits, cerró el círculo de novedades por unos momentos. Tras Livin’ in the future, llegó uno de los momentos culminantes de la noche. Bruce, tras dirigirse al público, enseña un cartel luminoso en el que se lee I’m going down, una de las canciones menos interpretadas del Born in the USA, pero, curiosamente, siempre una de las más aplaudidas. Y cayó, por tanto, I’m going down, estreno mundial en esta gira.

El poker The Rising, Last to die, Long Walk Home y Badlands tomó el relevo. Badlands sonó más poderosa que nunca, quizás por el impresionante coro de 75.000 voces que la acompañaban. Una magistral interpretación de Thunder Road inauguró los bises, a la que le siguió el Detroit Medley. Por petición de un fan del público, Bruce rescató para todos los congregados en el estadio Rosalita, una de las mejores y más emotivas historias de amor que ha escrito Bruce. Para cerrar el concierto, Bruce repitió la formula del Twist and Shout fusionado con La Bamba.

En resumen, dos conciertos, dos hitos en la historia de la música, más de 150.000 personas vibrando al son del Boss. El poderoso arraigo de Bruce con la Ciudad Condal queda claramente demostrado con los gestos que el cantante le profesa a Barcelona. El hecho que sus hijos se unieran a la banda al final de los dos conciertos es una muestra más que suficiente de la confianza que le transmite el público español a Bruce y viceversa.

El afecto de Barcelona por Bruce Springsteen comenzó el 21 de abril de 1981 y casi 28 años después todavía conserva intacta la frescura y la intensidad del primer amor. Que Bruce forma parte de la banda sonora de la ciudad ya es un hecho. Que Bruce es uno de los artistas más respetados en España y, sobre todo, en Barcelona, también es una realidad. Muchos han intentado buscarle una explicación a esta historia de amor, cosa harto difícil e irresoluble. Hay fenómenos que no se rigen por parámetros racionales, simplemente por la pasión más primitiva. Y a éstos no cabe buscarles una explicación, sino simplemente disfrutarlos con la máxima intensidad posible. Durante los dos conciertos, un joven de 25 años lloró, rió, se desgañitó, gritó y bailó en el lapso de tres horas. ¿Le entienden? ¿Les suena la historia? See you on the road.

lunes 28 de julio de 2008

If the dreams came true


“En el principio era el verbo, y el verbo estaba con Dios, y el verbo era Dios. Éste estaba en el principio junto a Dios. Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” Juan 1:1-3, 14

Donosti, 15 de julio del 2008-. Según los relatos mitológicos griegos, Prometeo fue el gran benefactor de la humanidad al entregar el fuego al resto de los mortales, desafiando el rígido status quo impuesto por los Dioses. Ese gesto se identifica, en la tradición occidental posterior, con el principio de la evolución y la contribución al desarrollo del ser humano. La entrega del fuego situó al hombre en el estadio del progreso y lo liberó de las cadenas del sometimiento.

No es posible afirmar que el 15 de julio del 2008, Bruce Springsteen y la E Street Band entregarán de nuevo el fuego al resto de los mortales congregados en San Sebastián; simplemente, ellos eran el fuego. Una actuación incendiaria de más tres horas que levantó de su asiento incluso al más reticente a hacerlo. Difícilmente olvidarán esa noche los más de 40.000 donostiarras que asistieron al concierto.

Abrió el espectáculo Tunnel of Love, la canción bandera del disco del amor-desamor que Bruce regaló a sus fans en 1987 y que en San Sebastián fue entonada como un canto a la esposa pródiga que se subía de nuevo a la estela del banda más poderosa del Rock and Roll. Tras dicho momento de romanticismo, llegó la cita ineludible de Radio Nowhere, con Bruce Springsteen clamando al cielo en busca de alguien en algún lugar. Sin duda, un perfecto reflejo de la incomunicación tan presente en nuestros días. Sin embargo, en San Sebastián, más de 80.000 orejas estaban pendientes del Boss.

A continuación, Bruce encadenó No Surrender, Out in the street, The Promised Land y Hungry heart, formando un poderoso quinteto que combina la imaginativa prosa juvenil con el lenguaje más maduro, pero igualmente soñador, poderoso y alentador, de Bruce Springsteen.

La intro de batería de Summertime Blues sirvió para recoger las exigentes peticiones de los fans más pacientes, los de las primeras filas, aquellos que habían dormido al raso para poder estar más cerca de su ídolo y palparlo, aunque sólo fuera por un instante. La canción de Eddie Cochran transportó, aunque sólo fuera por unos minutos, a los maratonianos conciertos de la gira del Darkness, en 1978.

El ambiente ya estaba cargado de emoción antes que comenzara el concierto, pero si todavía quedaba alguna pizca contenida, se materializó cuando empezaron a sonar los primeros acordes de Sandy, tocada como homenaje póstumo a la irreparable pérdida de Danni Federici. The Phantom estuvo presente durante todo el concierto. Su influencia sobre la música del Boss y del resto de miembros de la banda es imperecedera. Sentimientos a flor de piel.

Growin’up y su poética historia de rebeldía juvenil imprimió al concierto un tempo diferente y alejó las notas de tristeza por la añoranza de Danni. Este Summer Tour es una fiesta continua y se dejan pocos espacios para la melancolía en los corazones de los fans.

El disco Nebraska estuvo representado en el concierto a través de la maravillosa versión eléctrica de Atlantic City. Le siguió Prove it all night, que sigue conservando la fuerza que le caracterizaba antaño y que revuelve los ánimos de cualquier espectador que se precie. Aquel que no se levante con esta canción está muerto.

Darlington County introdujo la nota festiva, mientras que Because the night está diseñada, en esta gira, para el lucimiento personal de Nils Lofgren, un guitarrista magnífico que se encuentra en un estado de forma insuperable. She’s the one, una de las canciones más injustamente olvidadas de Born to run, cogió el relevo y compuso una auténtica carta de amor apasionada, que también fue un reconocimiento póstumo a la música de Bo Didley, de quien Springsteen siempre interpretaba Mona y la enlazaba con She’s the One.

Living in The future y Mary’s Place fallaron y redujeron la intensidad del concierto, a pesar de los esfuerzos de Springsteen de componer un auténtico show soul en la segunda. El río de la vida, del compañerismo, de la amistad, de la fe y del amor ya se había comenzado a cruzar con la primera nota que sonó en Anoeta.

El círculo Tunnel of Love se completó con Tougher than the rest, una de las mejores canciones del disco. A continuación, llegó la épica. Las primeras notas de Incident on 57th street, surgidas del piano de Roy Bittan, sumergieron a los espectadores en el drama revisitado de West Side Story, en las desventuras de Spanish Johnny y Portorrican Jane y les trasladaron a un estadio intemporal, allá donde se confunde lo real con lo irreal, en la frontera entre la consciencia y el sueño. 10 minutos de música celestial; una auténtica opera urbana. Bruce no tocaba la guitarra, ésta hablaba y nos transportó a todos al cielo, un cielo del que no queríamos descender.

Tras la obligada visita al The wild, the innocent and the E Street Shuffle, fue el turno del cuarteto de canciones inamovible durante esta gira. The Rising se eleva como un canto a la esperanza y entrevé una luz, por muy pequeña que sea, al final del túnel tras tiempos funestos. Last to die es una feroz crítica contra la desacertada política de la Administración Bush a lo largo de los 8 años que ha permanecido en el poder, concretamente contra la incomprensible y cruel guerra de Irak. ¿Quién será el último en morir por un error?, clama Bruce. Parte de las consecuencias las encontramos en la canción que le sigue, Long Walk Home. El protagonista de la historia puede ser cualquier americano desconocido que retorna a su lugar de origen después de muchos años de ausencia. Nadie le reconoce, su historia ha sido borrada; su pasado, aniquilado. En otros tiempos, su padre le dijo que ese era un buen lugar para nacer porque nadie molesta y nadie te abandona. Debía confiar en esa bandera que ondeaba en el palacio de justicia de la localidad, que encerraba unos valores, unos principios grabados en piedra, aquello que éramos, lo que hacíamos y lo que nunca haremos. Sin embargo, todo ha cambiado, la gente ha cambiado y el país ha cambiado. Y todavía queda un largo camino a casa, así que mejor no esperar.

Parte de la desesperanza que contagia esta canción se diluye con los primeros redobles de batería de Max. Badlands entra en escena. Manos al aire, el corazón en un puño y la voz, convertida en furiosos gritos multiplicados por 40.000, se eleva imponente al cielo para clamar contra la dura realidad que nos causa dolor y desesperación. Bruce canta como si le fuera la vida en ello y en parte le va. Para él, que de pequeño ilustraba a Cristo crucificado en una guitarra, la salvación siempre ha estado en el rock and roll, tal como afirma Salvador Trepat en Canciones. Y Badlands es puro Rock and Roll, un lamento continuo con visos de esperanza de una vida mejor. Sangre, sudor y lágrimas, pero también puede que recompensa.

Tras un minuto de descanso, comienzan los bises. Armónica en la mano, la otra extremidad acaricia suavemente el instrumento, los labios del Boss la palpan suavemente. Se adivinan las primeras notas. Primeros aplausos tímidos, que luego se incrementan en intensidad hasta ahogar el instrumento. A continuación, silencio. Silencio, se toca. Suena Thunder Road. Tras el viaje por la carretera del trueno, cargada de ilusión y de desbordante inocencia juvenil, llega el turno de Born to run, una canción con más de 30 años a sus espaldas, pero que sigue sonando igual de fresca que antaño. El mensaje sigue presente y patente: ¿Estás dispuesto a hacer el viaje? No será fácil, pero esperanza no falta, así que súbete al coche y busquemos un lugar donde podamos caminar bajo el sol.

Bobby Jean, la obra maestra que Springsteen compuso tras la partida de Little Steven de la banda, adquirió un tinte melancólico, funesto, y más ahora cuando se multiplican los rumores de una posible descomposición definitiva de la E Street. No obstante, el público agitó los brazos como posesos para desmentir que esta gira pudiera ser un posible final. No, todavía os quedan muchos kilómetros por recorrer, muchas carreteras por quemar. No os rindáis, parecían sugerir esas extremidades levantadas al aire. Dancing in the Dark recuperó uno de los temas más bailables y comerciales del Boss, aunque no por eso menos brillante. American Land fue un canto a la diversidad cultural y a los inmigrantes que contribuyeron a construir Estados Unidos.

Para cerrar el espectáculo, Springsteen escogió Twist and Shout y la fusionó con La Bamba, tal como hacía en la gira Born in the USA y Tunnel of Love. El público acabo totalmente entregado, sumiso a las consignas que lanzaba Bruce. En el mundo del espectáculo es difícil ver hoy en día una comunicación tan fluida entre un artista y su público. Y Springsteen no sólo lo consigue, sino que se puede decir que los somete. Es un auténtico ídolo de masas y le es indiferente tener ante sí 5.000 personas que 80.000. Una vez, alguien comparó el dominio que ejercía Bruce sobre las masas al congreso del Partido Nazi que filmó y legó para la historia Leni Riefenstahl, que a posteriori se convertiría en una película, El triunfo de la Voluntad. Un concierto de Springsteen es un ritual, una celebración colectiva, una eucaristía en la que el líder habla y los demás escuchan y repiten.

Pero también es un sueño, un hecho sin precedentes. A lo largo de las tres horas que dura el concierto, los chicos de la calle E proponen un auténtico recorrido de sensaciones, emociones y ritmos, que abarcan el último tercio del siglo XX y el comienzo del siglo XXI. Tocar el cielo, descender al infierno, soñar, bailar, gritar, llorar, mentir, amar, crear, en definitiva, vivir. Estas palabras definen un concierto de Bruce Springsteen. El verbo, la palabra divina, el hombre. Ecce homo. No es una quimera, los sueños, a veces, se hacen realidad.

Articulo publicado en The Stone Pony: http://stoneponyclub.es/cronica-springsteen-sansebastian-donosti/

sábado 12 de julio de 2008

Seven nights to rock. Are you ready?

19 i 20 de Juliol del 2008
Camp Nou

Bruce Springsteen & E Street Band


El frustrado viaje hacia... "¿la tierra prometida?"


Esta semana, nuevas imágenes de dolor han llegado a través de nuestros aparatos de televisión y nos han desgarrado el alma. Desgraciadamente, no es un suceso de nueva factura, sino que reincide continuamente en nuestra sociedad, que parece vivir en un estado de semiinconsciencia ante tamaña tragedia.

El drama es el mismo y azota casi siempre con la misma intensidad. Pero cuando en él se ven implicados niños, el lamento se multiplica por 100. Esta semana, 15 inmigrantes murieron intentando alcanzar las costas de un país comunitario, en este caso, España, concretamente a la ciudad de Almería. El suceso fue tan dantesco que el coordinador provincial de la Cruz Roja en Almería, Fran Vicente, declaró: "Jamás habíamos encontrado una tragedia así". Los tripulantes del cayuco, 33 personas, fueron lanzando los cadáveres al mar hasta contabilizar la escalofriante cifra de nueve bebes y seis adultos fallecidos.

Es indudable que nos encontramos ante un desafío a nivel mundial ante el que no podemos abstenernos. No es ni más ni menos que la sempiterna batalla entre los favorecidos (Occidente) y los desfavorecidos (el resto). Una de las cifras más manoseadas, pero útiles y simbólicas, a la hora de denunciar esta situación es la que indica que el 80 % de los recursos mundiales están en manos de un 20% de la población mientras que el otro 20% tiene que ser repartido entre el 80%. El panorama que dibujan estas cifras es desolador. Entonces, ¿a alguien le extraña que cientos y cientos de personas decidan jugarse la vida y cruzar el estrecho no sólo para mejorar sus condiciones de vida sino para poder empezar a vivir dignamente? No, seguro que a nadie le extraña. Nadie emigra por gusto, sino por necesidad, para alimentar a sus familias o para encontrar la felicidad que miles de libros sagrados y no tan sagrados han prometido y que un 80% de la población no es capaz de alcanzar.

Incluso parece que olvidamos (los españoles y las españolas) que tras la Guerra Civil miles y miles de nuestros paisanos tuvieron que hacer las maletas, dejar atrás sus vidas e iniciar un nuevo recorrido vital en un país desconocido, conviviendo con gentes que hablaban una lengua extraña y apartados de su entorno más cercano. La memoria es frágil. Ahora, con una panorámica forjada durante más de 30 años, nos situamos en la barrera del mundo opulento y miramos a los que llegan como extraños y les tratamos con la misma complacencia que dispensaban las potencias coloniales a sus súbditos. Baste releerse Robinson Crusoe, de Dafoe, y analizar la relación entre el protagonista y Viernes para aproximarse a la idea que planteo.

Paralelamente, los presidentes de los 8 países más industrializados del mundo, el denominado G8, se reunieron en Tokio para abordar cuestiones que, permitidme un deje de ironía, no importan a nadie y no inciden en la vida cotidiana de los que habitamos el mundo. África les pidió duplicar las ayudas al desarrollo a partir del 2010 y a fijar un plazo para destinar miles de millones para combatir las pandemias. Ellos dijeron que no; eso sí, con buenas palabras, para que luego no digan que los occidentales son antipáticos. Y cerraron la jornada de discusiones con un ágape de los que hacen historia: delicatessen preparadas por el primer chef japonés en recibir una estrella Michelin. Y ellos, por supuesto, estaban felices. Felices por saber que la suerte les ha sonreído y les seguirá sonriendo. Otros, mientras tanto, se conforman con llegar con vida al otro lado del estrecho.

Foto: Javier Bauluz. El País

lunes 23 de junio de 2008

Simplemente, Bob Dylan


Permitidme que retome la actividad de mi depauperado blog con una pequeñísima crónica muy personal del concierto que dio ayer Dylan en Encamp (Andorra).

Ayer Bob Dylan abrió su gira europea por la península en la pequeña ciudad andorrana de Encamp. Aproximadamente unas 4.500 personas se congregaron en el campo de fútbol para presenciar los destellos de arte del genio de Minneapolis. Y es que a Dylan se le pueden achacar muchas cosas, pero nunca se le puede negar la magnificencia que envuelve todo lo que le rodea.

La verdad es que me quedé con ganas de escuchar más clásicos, ya que la mayoría de temas que interpretó con su banda pertenecían al último CD publicado, Modern Times. El concierto empezó con la fuerza que brinda All along the watchtower, canción que Jimmy Hendrix bordó y exprimió al máximo. Y, ¿qué decir de la canción que cerró la noche? Una versión difícilmente reconocible de Blowin’in the wind, aunque magnífica.

En líneas generales, el concierto se mantuvo en las expectativas que yo me esperaba. No obstante, y siempre personalmente, noté a faltar que Bob cogiera la guitarra para interpretar alguno de sus temas. Yo lo hubiera agradecido porque era la primera vez que lo veía.

Sinceramente, me siento afortunado por haber podido ver a Dylan. Es cierto que su directo no me maravilló (pero tampoco me decepcionó). Sin embargo, la mitología acompaña a Dylan; es el mejor songwriter de la historia y año tras año es postulado como premio Nobel de Literatura. Por lo tanto, la asistencia a un concierto suyo es casi ua cita obligada para todo amante de la música y del arte en general.

Como siempre, los periodistas fueron los más “mortificados” por la visita de Dylan. No se les permitió ni grabar ni tomar fotos. Es el carácter del genio de Minneapolis. Simplemente, es Bob Dylan.


sábado 19 de abril de 2008

In Memoriam Danny Federici (1950-2008)


" But the stars are burnin' bright like some mystery uncovered I'll keep movin' through the dark with you in my heart My blood brother"
Blood Brothers, Bruce Springsteen

El jueves 17 nos levantamos con una tristísima noticia: la muerte de Danny Federici. Seguramente, mucha gente que se encuentra fuera del circuito del Rock and Roll desconocerá injustamente su nombre. Y es que Danny siempre se ocupó un papel poco visible mediaticamente hablando dentro de la banda de la Calle E, la E Street Band de Bruce Springsteen. A la sombra del Boss y de otros blood brothers más conocidos, como Clarence Clemmons o Little Steven, Danny Federici supo articular un sonido característico que dotó de una profundidad maravillosa las canciones de Bruce.

Teclista sin igual, Danny también destacó por su maestría con el acordeón, como demostraba una y otra vez cuando las primeras notas de Sandy empezaban a sonar. Aunque los rumores ya se habían desatado mucho antes, el abandono de la gira en Boston durante el 2007 hacía presagiar lo peor, un extremo que se confirmó, desgraciadamente, el pasado jueves. Un maldito melanoma fue el culpable.

No obstante, en el universo springsteniano, del que me siento orgulloso pertenecer, tenemos múltiples ejemplos de superación y de afrontar los golpes que nos da la vida. Las canciones de Bruce, pero que también lo son de la E Street, llevan construyendo durante más de 30 años un sueño, un ideal, un mundo rico y poblado de detalles donde imaginamos un mundo mejor y más justo. Llevamos creyendo más de 30 años en una tierra prometida y cada día trabajamos por mantener ese sueño y por hacer nuestras vidas más dignas y plenas de significado. Danny, muchas gracias por contribuir a este sueño. Ahora ya estás en la tierra prometida. Te has bajado del escenario, pero nosotros siempre te guardaremos un rincón en nuestra memoria. Y cuando veamos a Charles Giordano tocar los teclados y el órgano en verano en Barcelona, te veremos a ti también. Porque los recuerdos nunca se borran y siempre permanecen inalterables. Es el poder de la música.

Danny, te has ganado por derecho propio estar en el olimpo del Rock and Roll. De nuevo, muchas gracias por todo y, sobre todo, por hacernos tan felices día tras día.

PD. Os adjunto el link de The Danny Federici Melanoma Fund, dedicada a la investigación y desarrollo de tratamientos contra esta enfermedad:
http://www.thedannyfedericimelanomafund.com/
También os adjunto las dos últimas apariciones de Danny con la E Street



Vídeos

Loading...